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Cada actividad estaba bien. El proyecto no llevaba a ningún lado

Revisé mis actividades una por una y todas estaban bien. El proyecto completo se cayó igual, y el problema no estaba en ninguna de ellas.

Fotografía en blanco y negro de bloques de concreto alineados con un hueco entre ellos y otros apilados formando un escalón.

Armé un proyecto con actividades buenas. Cada una, por separado, se sostenía: bien pensada, con su propósito, de esas que uno enseña con gusto. Las junté, las puse en marcha… y el conjunto no llevaba a ningún lado. Los alumnos hacían cada paso sin problema, pero al final no había un proyecto: había una pila de actividades sueltas que no terminaban de armar nada.

Lo primero que hice fue lo que hace cualquiera: revisar. Actividad por actividad, una por una. Y todas pasaban. Esta estaba bien, esta también, esta igual. No encontré la falla por ningún lado, y sin embargo la falla estaba ahí, a la vista. Me tomó un rato entender por qué no la hallaba: estaba revisando la cosa equivocada.

El error no estaba en ninguna actividad

Porque no había una actividad mala. El problema no vivía dentro de las piezas; vivía entre ellas. Cada actividad estaba bien parada sola, pero ninguna le entregaba nada a la siguiente. Eran islas. Buenas islas, pero islas: el alumno terminaba una, la cerraba, y empezaba la que seguía desde cero, como si la anterior no hubiera existido.

Con los años supe que esto ni siquiera es raro: tiene nombre y hasta estudios. Anette Markula y Maija Aksela revisaron proyectos de ciencias en doce escuelas de distintos países y encontraron justo esto: grupos que hacían varias actividades y varios productos alrededor de un mismo tema —mapas del clima, registro de la presión atmosférica, trabajos artísticos sobre el tiempo— pero donde esas actividades quedaban separadas, sin apuntar a una misma pregunta ni a un problema común. Todo era del mismo tema y aun así no formaba una construcción. Los autores lo distinguen con claridad de los proyectos donde cada producto parcial se vuelve parte de un artefacto final más grande. Puesto en mis palabras: compartir el tema no une nada. Mis actividades eran del mismo tema, sí, y por eso yo creía que eran un proyecto. No lo eran. Eran islas del mismo archipiélago.

Hay un trabajo ya clásico que me ayudó a nombrar el fondo del asunto. Phyllis Blumenfeld y su equipo lo titularon de una forma que lo dice todo: sostener el hacer y, al mismo tiempo, sostener el aprendizaje. Su punto es que un proyecto no es tener a los alumnos ocupados haciendo cosas. Se puede estar haciendo muchísimo y no estar construyendo nada. El movimiento no es lo mismo que el avance. Y yo tenía a mi grupo en movimiento —activo, entretenido, trabajando— confundiendo eso con que el proyecto caminaba.

Revisar de a una tiene esa trampa: juzgas cada actividad dentro de su propio marco, y dentro de su marco casi todo se ve bien. Nunca pruebas el momento en que una le pasa la estafeta a la otra, que es justo donde mi proyecto se rompía. El defecto no estaba en ningún cuadro; estaba en los espacios en blanco entre los cuadros, y ésos yo no los estaba mirando.

Ahí entendí mi error de fondo. Yo creía que un buen proyecto era un buen conjunto de actividades. Como si la calidad del todo fuera la suma de la calidad de las partes. No lo es. Un proyecto no es una bolsa de buenas actividades; es una cadena. Y una cadena no se revisa mirando cada eslabón por separado: se revisa viendo si están unidos.

Un proyecto es una cadena, no una lista

El cambio de cabeza fue dejar de pensar en “qué actividades pongo” y empezar a pensar en “qué le entrega cada actividad a la siguiente”. Suena parecido; no lo es. En una lista, las actividades conviven. En una cadena, se necesitan.

La forma en que lo armo ahora es casi una fórmula mental: insumo A, más insumo B, más insumo C, dan el proyecto final. Cada actividad —yo les llamo legos— tiene que producir algo, un insumo, un entregable, que la siguiente usa como materia prima. El lego 1 produce algo que el lego 2 necesita para poder existir. El lego 2 produce algo que alimenta al 3. Y así hasta que el último ensambla todo en el microproyecto, que es la evidencia final del bloque. Si te fijas, no es decoración pedagógica: es plomería. Cada tubo tiene que conectar con el siguiente o el agua no llega.

Cuando después leí cómo describen esto quienes estudian el aprendizaje por proyectos, me encontré con la misma idea dicha con otras palabras. Joseph Krajcik y Namsoo Shin explican el proyecto como un recorrido hacia la respuesta de una pregunta o un problema real, donde los productos que van saliendo no son objetos independientes, sino herramientas para avanzar: cada artefacto parcial sirve para construir el siguiente paso y, al final, el producto reúne el trabajo hecho en todas las etapas. Eso es exactamente el insumo que alimenta al que sigue, pero visto desde arriba: el proyecto es un camino hacia algo, no una serie de paradas independientes.

Y ese “algo” importa más de lo que yo creía, porque es lo que le da rumbo a la cadena. Emily Miller y sus colegas señalan que una pregunta central cumple una función muy concreta en un proyecto: organiza la secuencia, le da continuidad, mantiene la coherencia entre tareas distintas y hace que cada investigación o cada producto contribuya a responder el mismo problema. En mi método, ese papel lo juega el microproyecto final: es el destino que jala a todos los legos. Una cadena no sirve de nada si no va a ningún lado; primero tienes que saber a dónde llega, y entonces cada eslabón se justifica por acercarte ahí.

Por eso, además, conviene que sean pocos. En mi método me obligo a un rango de cuatro a seis legos, siete como mucho. No por minimalismo: porque cada eslabón que agregas es una unión más que puede fallar. Una cadena corta y bien soldada mueve más que una larga llena de tramos que no enganchan.

Pongamos un ejemplo cualquiera. Digamos que el microproyecto final es una propuesta para un problema del pueblo. El lego 1 puede ser salir a recoger información —entrevistas, fotos, datos—, y su entregable es ese material en crudo. El lego 2 no arranca de cero: toma ese material y lo organiza, lo ordena en un mapa o una tabla; sin el insumo del 1, no tiene con qué trabajar. El lego 3 usa ese mapa para redactar la propuesta. Y el ensamble final junta las tres cosas en el producto que se presenta. Quita el lego 1 y el 2 se queda sin materia prima; mete en medio una actividad que no produzca nada que el siguiente use, y ahí se abre el hueco por donde el proyecto se desangra. Cada pieza existe porque la que sigue la necesita, no porque a mí me pareciera una buena idea suelta.

Que el alumno también vea el hilo

Hay una parte de esto que tardé más en entender, y me la aclaró un estudio de William Penuel y su equipo. Ellos siguieron un proyecto de varias semanas y, en lugar de solo revisar la planeación, cada semana le preguntaban a los estudiantes qué tanto sentían que la actividad de esos días se conectaba con el reto general del proyecto. Usaron esa percepción —la del alumno, no la del maestro— como señal de si el proyecto era coherente.

Eso me pegó, porque yo había estado midiendo la coherencia solo desde mi silla. En mi cabeza la cadena existía; el problema es que en la cabeza del alumno, muchas veces, no. Una actividad puede estar clarísima por dentro y aun así sentirse como un pendiente aislado, un “hagan esto porque toca”. Y si el que la hace no ve para qué sirve dentro del conjunto, la conexión está en mi planeación pero no en su experiencia, que es donde de verdad cuenta.

Desde entonces sumé un paso pequeño y barato: decir en voz alta el enganche. “Esto que arman hoy lo van a necesitar la próxima clase para tal cosa.” “Lo de la semana pasada es lo que hoy vamos a usar.” No es un discurso; son dos frases. Pero cambian el proyecto, para el que lo vive, de una fila de tareas a un camino que se puede ver mientras se recorre. Porque la cadena que solo existe en mi planeación no es la que el alumno camina: la que él camina es la que alcanza a nombrar, y si no puede decir para qué le sirve lo de hoy, para él todavía no hay cadena, por más soldada que esté en mi cuaderno.

La prueba que lo cambió todo

De esa cadena salió el candado que hoy no me salto nunca. Es una sola pregunta, y se la hago a cada actividad antes de dejarla entrar al proyecto: ¿el producto de esto se usa, explícitamente, en la actividad siguiente o en el ensamble final? Si la respuesta es sí, se queda. Si es no —si el entregable no alimenta nada—, la actividad se elimina o se reescribe hasta que alimente algo.

Parece obvio dicho así. En la práctica es lo más difícil de sostener, porque casi siempre el lego que no conecta es uno que a uno le encanta. Es la actividad bonita, la dinámica que sale bien, la que los alumnos disfrutan. Y no importa. Si no le entrega nada al que sigue, es un callejón: por más lucida que sea, rompe la cadena. Aprender a cortar buenas actividades que no conectan fue, para mí, lo que de verdad separaba un proyecto que camina de una colección de buenos momentos que no van a ningún lado.

Esa poda, que suena a herejía —¿cómo voy a quitar una actividad buena?—, tiene detrás un principio viejo y sólido. John Biggs lo llamó alineación constructiva: los resultados que esperas, las actividades que pones, las evidencias con que evalúas y el desempeño final tienen que formar un solo sistema, no cuatro cosas sueltas. Y en su planteamiento las actividades no se eligen porque sean atractivas o porque funcionen aisladas; se eligen porque provocan las acciones que llevan al resultado buscado. Traducido a mi mesa: una actividad buena que no empuja hacia el destino no es un lujo inofensivo, es peso muerto por diseño. Mi pregunta de aula —“¿el producto de esto se usa después?”— es la versión de bolsillo de esa alineación: la manera más rápida que encontré de saber si una actividad está de verdad amarrada al resultado o solo hace bulto.

Fíjate en el cambio de mirada que exige. Ya no reviso preguntando “¿esta actividad está bien?”. Reviso preguntando “¿esta actividad le sirve a la siguiente?”. Es otra pregunta, y encuentra otras cosas. La primera aprueba islas. La segunda construye puentes.

Lo que de verdad hace bueno a un proyecto

Que quede claro lo que no estoy diciendo: no estoy diciendo que esto garantice un proyecto exitoso ni que mida nada. Es una manera de diseñar, un procedimiento que puedo repetir, no una promesa de resultados. Lo que sí hace es atacar el punto exacto donde mis proyectos se caían: las uniones. Y me tranquiliza ver que, desde Blumenfeld hasta Krajcik, la gente que estudia esto lleva décadas diciendo lo mismo en su idioma: que estar ocupado no es aprender, que las piezas tienen que apuntar al mismo lugar. Mi aporte no es descubrir eso; es la prueba concreta con la que lo reviso.

Porque un proyecto no vale por lo buenas que sean sus actividades por separado. Vale por si llevan al alumno de un punto a otro. Esa es la vara. Cuando reviso un diseño ahora, no cuento actividades buenas; sigo el hilo: veo si lo que produce la primera hace falta para la segunda, si lo que produce la segunda hace falta para la tercera, hasta el final. Si el hilo se corta en algún lado, ahí está mi problema, aunque cada pedazo por separado luzca impecable.

Diseñar un proyecto no es juntar buenas actividades. Es construir un camino. Y un camino no se juzga por lo bonito que se ve cada escalón, sino por si, al subirlos todos, llegaste a algún lugar.

Fuentes

Sobre el autor

Gilberto Pérez

Gilberto Pérez

Docente e investigador

Gilberto Pérez es docente del Telebachillerato de Veracruz e investigador. Ingeniero en Sistemas con especialidad en Ambientes Virtuales de Aprendizaje, diseña y prueba metodologías, sistemas y herramientas para enseñar y aprender con inteligencia artificial, como la metodología C.R.E.A. y el asistente Aristóteles. Escribe para docentes a partir de su experiencia en el aula y de la investigación educativa, y prepara asistentes y masterclasses gratuitos en Aprendizaje Amplificado.

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